Último Verano

Quizás sea este calor seco, que lo impregna todo, silencioso, invisible pero siempre presente que te deja casi sin aliento, lo que nos arruinó. Y fue así. De repente, sin previo aviso.


Llegaron las mañanas de verano acartonadas para quedarse. Y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que al igual que nos lo indicaban ya desde hace algún tiempo el malestar de los pulmones saturados, por la nicotina y la mirada en nuestros ojos agotados, el circulo volvía al lugar en el que habíamos empezado. 


¿Dejarlo morir?  

¿Dar primeros auxilios? 

Nada de eso, vamos a dejar que pase el tiempo, que las cosas sigan su flujo y entonces veremos… 


Una huida de manual en toda regla, si me puedo permitir el apunte, un grave error quizás. Pero ya llegados a este punto solo nos quedaba pensar en los días por venir, en lo que será y dejará de ser, lo mucho que podía quedar por escribir.


Recuerda Cascabela, nuestro círculo fue el resultado de una conjura de textos, tequila y travesuras que incitaban al juego, a atreverse. Empezó a dibujarse con tinta de la buena, de la que deja cicatriz. La tinta de dos corazones rotos por esos golpes chungos que te da la vida. Corazones que llevábamos escondidos con el puño de la mano dentro de los bolsillos de nuestros abrigos de invierno, corazones que conseguimos reparar con la ilusión de algo nuevo, puro y honesto. Pero nada en la vida es perfecto, lo sabes. Recuerda a aquel gato albino, salvaje y feliz en la inopia de su sordera, tan impredecible como la vida misma con sus luces y sombras, todas las tragedias y alegrías que vinieron después y que capeamos como unos campeones. Ahora el círculo se cierra en una maraña imposible, alimentada de vermouth, vendedores de humo y el vuelo destinado a estrellarse de un colibrí solitario. Volvemos al punto de partida, sí. Porque rotos vuelven a estar estos corazones y todo lo demás a nuestro alrededor. 


Al final amiga mía, se trata de aceptar ese infame ciclo de las cosas: a veces nos reciclamos, a veces nos acabamos. Lo cierto es que los círculos se cierran y cuando lo hacen es para dejarlos ser o para volver a empezar uno nuevo. Esa es la simple realidad.


El nuestro se quedo grabado en la arena, pequeño como la solitaria base de una taza de café para llevar, de esos que te ponen a primera hora de la mañana, testigo de todo. Y ahí, en el abandono veraniego, aguantó el calor del día entero, esperando a que la marea de la noche subiera y lo arrasase, disolviéndolo en la calma del reflejo de la luna, finalmente ahogándolo bajo el bramido del mar. 


Nada desde el sosiego de esta terraza hubiese anticipado la tormenta del día siguiente. Nada, claro, excepto el calor seco.


Ahora que todo está deshecho, surgen los dilemas pero también las oportunidades. El vibrante anhelo de construir un castillo de naipes sobre arena mojada o el desafío de reconstruir pieza por pieza, ese bonito jarrón en el que decidimos poner las flores. ¿Que será?


Es el final del verano, amiga mía. Un verano tan fatal como el de Nacho y Christina. Nos seguimos leyendo, en silencio y eso debe de significar algo. Hay mucho de lo que hablar, compensar por el silencio de los días que se quedan atrás y como escribió Alejandro Simón, calma y ver los días que están por venir:


Estamos cerca del tiempo donde no se requieren performers, ni artistas que se flagelen o mutilen. 


Sino que ponga al otro una almohada bajo su cabeza y lo acompañe en su descanso. 


Estamos cerca del momento donde la plaza vuelva a ofrecer comodidad donde la primavera regrese a las montañas.

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