Cuando El Mundo Se Llamaba Catherine

Hubiese deseado haber terminado esta historia en inglés, pero llevaba días sin avanzar, así que he decidido escribirla de nuevo para satisfacer a mi pequeño pero fiel público.

Se celebraban las fiestas de navidad y yo andaba con mis amigos del vecindario en un plan criminal. Cada noche mientras los abuelos y la interminable cadena de gente mayor generada a partir de ellos se congregaban para rezar la novena y cantar villancicos, nosotros íbamos de casa en casa, tirando petardos silbantes debajo de cada puerta. Salíamos corriendo y desde la esquina veíamos con malicia las caras de susto y los rostros de enfado de nuestras víctimas.

Ahora seguíamos con la puerta 21, era la segunda puerta a mano izquierda de mi casa. Demasiado cerca como para que no me viese la abuela por la ventana, así que tuvimos que arrastrarnos hasta que quedamos justo en posición de lanzamiento. Estaba teniendo dificultades tratando de insertar el maldito petardo cuando de la nada me encontré con la puerta abierta y lo que parecía ser la mirada molesta de una chica muy guapa. Digo parecía porque yo había quedado completamente pasmado al verla y bueno, de que me hubiese pillado in fraganti. En ese instante Catherine entraba a mi vida bajo unas circunstancias muy precarias, porque hasta ese entonces mi mundo era un lugar muy simple donde la travesura era la única reina. Describirla no podría hacerle justicia, simplemente ella era hermosamente alta, olía a suspiros, de sonrisa impecable, un ángel dos años mayor que yo, sí yo, el enano rufián de aquel entonces quien nunca antes había visto nada como ella.

Después de las fiestas y a lo largo del año siguiente, pasamos de ser conocidos a buenos vecinos y eventualmente, de vecinos a amigos, sin contar que también ya la superaba en estatura. Catherine era la única razón por la cual a partir de octavo grado me había convertido en un madrugador nato, aun ante el asombro de mis padres. Caminaba con ella en la mañana hasta su escuela y yo tomaba mi autobús escolar catorce calles mas lejos de lo que lo hacia el año anterior. La secundaria no fue para mi asunto en un solo sitio. Debido a mi disciplina estuve en un sin número de reclusorios educativos, así que en el ’93 me correspondió en un colegio salesiano. Mi primera infracción la gane cambiando el padrenuestro en misa. Yo había dicho: “Padre nuestro danos hoy a Catherine como todos los días…” y fui pillado por el rector mientras el verificaba el orden de la fila al rezar. A casa dos semanitas.

Castigado, sin tele o poder salir afuera y lo que era peor, sin poder ver a Catherine, encontré refugio en mi pequeña colección de cintas y algún que otro vinilo de mis padres. Empezaba a descubrir algo mágico y asombroso, pero a la vez tan familiar. Hora tras hora y disco tras disco pase una eternidad tumbado en el living escuchando música y pensando en lo maravillosa que era Catherine y como cada canción la mantenía presente frente a mis ojos. Decidí hacerle una cinta de auxilio para que viniese a rescatarme, porque extrañaba el ir a su casa a dibujar nuestras propias caricaturas en las tardes de ocio (la primera cosa que supimos teníamos en común), o a escribir historietas. Recuerdo su letra era delgada y muy estilizada, delicada y muy legible. La mía era de chico monopatín, con letras gordas y flacas, unas más grandes que otras y nunca usaba las tildes. A mi me gustaba leer las de Calvin & Hobbes y a ella las de Peanuts y Mafalda.

El hacerle una cinta a alguien es un arte olvidado, borrado de nuestras mentes por el fanatismo desenfrenado que ha traído la tecnología y el comercialismo maleducado por nosotros mismos. Esa idea de escuchar con atención lo que grabas es hoy en día vista como algo arcaica e innecesaria. En ese entonces no lo hubiese podido predecir así, solo sabia que la idea era excitante y me sentía tan vulnerable y expuesto ante las obviedades que aun intentaba esconder y que con el tiempo saldrían a flote. Mi padre tenía un sistema stereo muy intimidante que parecía más una torre de botones y luces que algo para el placer de los oídos y gran parte de mi tiempo de suspensión escolar lo gaste aprendiendo a manipular la maquina a mi antojo. Después de haber hecho una selección de grunge, powerpop, música gótica y una que otra fanfarronada del momento, mi primera producción estaba casi finalizada. Ahora todo era asunto de ponerse manos a la obra y encontrar la manera de hacer llegar tan importante recado a su destinataria.

Después de una dura negociación con mi hermano (de siete insoportables añitos en aquel entonces), en la que termine siendo su esclavo en casa por una semana, el le entrego la cinta a Catherine, no sin llegar de vuelta a casa cantando, “son novios, son novios…” ¡El pequeño capullo ese! - Logre ver a Catherine unos días después de volver a la escuela, ella venía de hacer compras con su madre y yo de montar en bici. Me dijo que la cinta le había gustado mucho y que no había dejado de ponerla en las tardes. Ese comentario me había vuelto el chico más feliz del mundo. A partir de ese momento sabía que necesitaría tener música siempre conmigo, para poder hacerle muchas cintas a Catherine. Empecé cambiando juguetes y cartuchos de Nintendo por cintas, luego ahorrando el dinero de la comida, luego coqueteándole a mis tías y abuela para que le dieran más dinero al mejor estudiante de la familia. En menos de nada, ya hasta el hombre de la tienda me hacia descuento. Creo que nadie visitaba su tienda con tanta regularidad como yo, sin mencionar que si no tenía lo que yo buscaba, el lo pedía. El mundo era perfecto y se llamaba Catherine.

Catherine y yo solíamos pretender ser novios cuando los otros chicos le molestaban y no la dejaban en paz, además no era difícil de pensárselo cuando ya en casa mis padres decían que pasaba mucho tiempo con mi chica y que debería concentrarme más en mis deberes o mi propio hermano. Eso me irritaba y me avergonzaba. Sin embargo mis padres me seguían cayendo bien. La música me hacia sentir tranquilo y eso fue como un canal para sintonizar con Catherine. De repente hablábamos de cosas en el futuro, de lo que seríamos de adultos y que con el tiempo nos arrebatarían la poca inocencia que nos quedaba.

Fue un año después y de nuevo en fiestas cuando Catherine ya formaba parte de la banda de chiquillos pirómanos que andaba como de costumbre, aterrorizando a las marujas del vecindario en plena novena. Entre la euforia y los nervios de nuestros actos criminales, corríamos tomados de la mano y gritábamos de la emoción porque no teníamos que estar encerrados rezando y tomando vino dulce con galletas. Nuestro lugar estaba fuera, en la calle, con las luces de bengala y los petardos bajo las puertas. Aquellas noches de navidad eran cálidas y llenas de humo, olor a pólvora y el corazón nos latía con cada explosión, cada luz parpadeante de colores en el árbol de navidad, cada mirada en los ojos al encender los petardos. Dios, era preciosa. Llegó por detrás y me cubrió los ojos con sus manos y me pregunto al oído:

-¿Adivina quien soy?
-Catherine
-!Si!... ¿y dime si soy tu novia?
-Si...


Me abrazo fuertemente por la espalda y luego se dio la vuelta para darme un beso. Yo no reaccionaba.

-¿Por que nunca me lo habías dicho?- preguntó Catherine
-No lo sé, por que soy tonto?- respondí
-
Hace mucho tiempo que lo eres para mí, ¡tonto!-

Era el comienzo del fin para mi mundo lleno de certezas y el primer paso en otro nuevo capitulo, donde abundarían nuevos territorios por conocer. Era el fin de la inocencia para nosotros dos.

Comments

Ooooooooohhhhhh.
en castellano te sigue quedando aún toda la inocencia por petardear, así, fffffffiiiummm, como un mensaje lanzado al firmamento mil veces más poderoso que cualquier botella.
a veces pasa que la inocencia se estrella contra el cielo y nace un fuego artificial, una palmera, un carnaval.
queremos más pirotecnia!
Tiene la estética de una película italiana, como Cinema paradiso o Malena.

Me encantó.
botas de agua said…
adicta yo.
intrigante tú.
y aún así, no contestaste a la pregunta de los memes, muchacho de letra de monopatín.
no sé por qué tengo la sensación de que conozco la respuesta.
Dios, qué bonito.
la niña olía a suspiros y el mundo era perfecto y se llamaba Catherine.
Quiero llamarme Catherine.
Aunque sea por un día.
aunque me encierren y tenga que tomar vino dulce con galletas. eso sí, si tengo que rezar, déjenme al menos versionar.
botas de agua said…
ya sabes... tienes un meme... me muero por curiosidad por ver qué respondes.

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